Cuando era una veinteañera, mis amigas comenzaron a casarse, tener hijos… una vida estable y adulta. Durante mucho tiempo me sentí un pez fuera del agua por seguir estudiando, no casarme y seguir otro camino; algo que me hacía sentir, francamente, miserable.
Hasta que entendí la frase de: “Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil”. Y dejé de martirizarme por no cumplir lo que se suponía que debía cumplir y empecé a disfrutar de mi vida y mis decisiones.
Fui trabajadora social, asistí a clases de salsa, tuve un novio africano y salí con un chico de Haití, di clases de español para extranjeros, firmé libros en la Feria del Libro de Madrid y me vi envuelta en una redada por estafa.
Centrarme en lo que tenía y no en lo que me faltaba me dio la paz que tanto necesitaba. De ahí que ahora hable de acumular anécdotas y no sueños por cumplir. Este mantra me llevó a proponerme superar un reto. Ni muy grande ni muy intenso. Pasar unos días en Lisboa sin más compañía que mi móvil y mis ganas.
Quería conocer la ciudad, dar un primer paso para hacer cosas en solitario… y opté por buscar un guía local que me permitiera recorrer las calles de la capital lusa, sin la ansiedad de sentirme perdida y desubicada.
Seguro que hay otras opciones, pero yo usé la plataforma Buendía Tours, donde puedes contratar excursiones actividades y tours con guías locales que te pasean por la ciudad contándote curiosidades, dándote información de interés y compartiendo parte de la historia del lugar.
Barrio alto y Baixa: Historia y hechos modernos
Quedamos con el guía en Praça Dom Pedro IV, junto a la estatua del Rossio. Estaba un poco nerviosa, no sabría bien decirte por qué. Supongo que, a veces, es la forma que tiene el cuerpo de ponernos en alerta por si hay que salir huyendo.
Tras divisar un paraguas con el logo que previamente me habían indicado por email, esperé allí hasta que Pedro reorganizó a la gente entre quienes irían con el guía en versión inglesa y la versión en portuñol; o eso nos dijo nuestro guía para romper el hielo y disculparse por su nivel de español. Un pudor innecesario que parecemos compartir gran mayoría de los peninsulares cuando hablamos un idioma que no es el de nuestra madre.
A continuación, nos advirtió sobre los carteristas, la importancia de mantenernos cerca del grupo y, sobre todo, de disfrutar de la experiencia de tres horas recorriendo el barrio alto y baixa.
Anduvimos por sus calles, disfrutamos de las vistas, descubrimos parte de la historia -la bonita y la no tan bonita- de Lisboa y su conexión con España.
Junto a la Iglesia de San Antonio, nos explicó que si lanzábamos una moneda y lográbamos que cayera sobre el libro que sostiene la estatua del santo que está fuera, tendríamos suerte en el amor. Él hizo la prueba, sin éxito. Yo me limité a sonreír. Ni el pobre San Antonio con toda su «magia» podría librarme de mi pésima suerte con los hombres.
Ya en el barrio de Mouraria, cuna del fado portugués, con una preciosa pintura de fondo representando a María Severa, nuestro guía cantó fado para nosotros y nos dio algunas recomendaciones sobre sitios donde comer bifanas -carne de cerdo especiada en pan- y escuchar fado; o dónde comprar ginjinha -bebiba típica de Lisboa hecha con cerezas agrias fermentadas-.
«Hasta pronto» en portugués
Al momento de la despedida, aunque se llaman «free tours» porque no tiene un precio establecido, tú decides cuánto pagarle al guía por la experiencia; un importe que ronda, dependiendo del país y la ruta, entre los 10 y los 20 euros por persona.
Tranvías amarillos, vistosos azulejos, contraste entre patrimonio cristiano y morisco, preciosas vistas del Atlántico, Lisboa me dejó con ganas de conocer otros de sus rincones y de regresar en un futuro no muy lejano.
Volví a casa cargada de fotos y anécdotas, sabiendo que había dado un pequeño paso hacia la persona que quería llegar a ser. Porque, al final, da igual que hablemos chino, español o portugués: todos buscamos lo mismo. La paz que nos permita encajar las piezas de nuestro propio puzle y descubrir que somos el pez que sigue nadando, sigue nadando.
PD: Sé que te has quedado con ganas de saber más sobre la redada por estafa, pero eso lo dejo para otro post.
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