Un día te levantas, vas a trabajar como cualquier otro y, de repente, te ves envuelta en una situación que bien podría formar parte de una serie de Netflix.
Por aquel entonces trabajaba en una empresa dedicada al suministro de material de oficina y equipos tecnológicos para empresas, aunque también tenía una pequeña tienda abierta al público.
Aquella mañana había venido a visitarnos la mujer del dueño. Charlábamos tranquilamente sobre su baja por maternidad, cuándo pensaba incorporarse de nuevo y las ideas que tenía para el negocio cuando un coche se detuvo frente a la puerta.
Bajaron cuatro personas. Tres hombres y una mujer. Vestían de forma muy similar: vaqueros, polo o camiseta y chaqueta de cuero. La mujer, de pelo corto y aspecto serio, apenas habló durante toda la visita. Permaneció observándolo todo desde un rincón de la tienda.
Uno de los hombres, con un denso bigote, se identificó como agente de policía, explicó el motivo de su presencia y me pidió que cerrara la puerta con llave. No voy a mentirte. En ese momento empecé a preguntarme cómo acabaría todo aquello.
En situaciones así descubres que la cabeza funciona a una velocidad increíble. Repasas mentalmente qué ha podido suceder para acabar en esa situación, intentas encontrar una explicación lógica y, al mismo tiempo, procuras mantener la calma.
Nos preguntaron por J. A. Por suerte, la mujer del dueño llevó el peso de la conversación y yo me limité a responder las pocas preguntas que me hicieron.
Después nos pidieron que no utilizáramos los teléfonos móviles ni realizáramos ninguna llamada. No querían que pudiéramos avisar a nadie. Mientras tanto, comenzaron a llevarse los ordenadores.
Cuando terminaron, le pidieron a la mujer del dueño que avisara a su marido para que se pusiera en contacto con la policía. Y se marcharon. Así de rápido.
En cuanto desaparecieron, ella rompió a llorar. Entre sollozos consiguió llamar a su marido y éste la consoló como pudo.
—Todo esto tiene que ser un error. Alguien que me odia me ha querido hacer daño.
Recuerdo escuchar que un antiguo empleado los había amenazado tiempo atrás. Aquello parecía dar sentido a todo… o eso pensábamos.
Durante meses no supe nada más. Hasta que, por casualidad, coincidí con una amiga de la familia en otro trabajo. Fue entonces cuando entendí qué había ocurrido realmente. La investigación no tenía nada que ver con un antiguo trabajador.
Según me contó, el dueño había estado creando facturas falsas para cobrar ayudas públicas destinadas al suministro de equipos tecnológicos. Al parecer, había empezado con pequeñas cantidades, todo salió bien y decidió seguir… hasta que se terminó su suerte.
No sé cuánto hay de cierto en aquella versión, pero sí sé una cosa. Aquella mañana entendí que nunca sabes lo que puede esconderse detrás de una persona aparentemente corriente. Y que frases como: «Era un buen vecino, siempre saludaba en el ascensor y te preguntaba qué tal el día», dejan claro que la amabilidad también puede ser una extraordinaria herramienta de despiste.
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