Cuando era pequeña y llegaba el verano, mi madre me compraba un cuaderno de actividades. La rutina era sencilla. Nos levantábamos temprano y nos íbamos a la playa hasta la hora del almuerzo. Ya en casa, nos duchábamos, comíamos y, tras descansar, tenía que hacer mi tarea. Una página al día, no más.
Esos cuadernos eran muy interesantes. Aunque en lo básico se asemejaban a lo que había estudiado en la escuela, explicaban otras cosas que siempre deseaba que me hubieran enseñado. La ciudad de Petra, los guerreros de terracota, la vida en Australia…
Un verano aprendí sobre la Vía Láctea (cosa que estudiaría al siguiente curso en el colegio) y, entre las 348 profesiones que quise tener cuando creciera, aquel año quise ser astrónoma. Pronto se me pasó la fiebre del universo, aunque siempre me han atraído la luna, las lluvias de estrellas y los eclipses.
Eclipse solar
No importa cuántos años pasen o cuánto evolucione el ser humano, la magia de la naturaleza nunca dejará de sorprendernos. Cientos de personas disfrutando del arte más primitivo. Sol y luna coordinándose en un precioso baile. Un espectáculo para los sentidos.
Y, aunque no fue de 100 %, verlo desde la playa, con buena compañía y percatarse de los cambios a través de los distintos sentidos fue una experiencia muy bonita que, quizás, no tengamos oportunidad de repetir.
Hay quien se sintió decepcionado y quien lo redujo a la simpleza de un mero movimiento lunar, pero a mí me gustó mimar a aquella niña curiosa que, muchos años después, sigue levantando la mirada hacia el cielo y emocionándose con la magia del universo.
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