¿Has comprado alguna vez un libro sin leer la sinopsis? Voy más allá. ¿Has comprado un libro convencida de que trataba sobre una cosa… y descubrir después que iba de otra completamente distinta? Sí. ¡Culpable de todos los cargos, señoría!
Haciendo scroll por Instagram, un bookstagrammer recomendó Cabeza de turco de Günter Wallraff. Recuerdo haber oído algo sobre inmigración y españoles enviados a campos de concentración nazis. O eso entendí yo… porque, siendo sinceras, tampoco estaba prestando demasiada atención.
El caso es que me pareció un tema apasionante. Llevaba tiempo queriendo escribir sobre cómo, en ocasiones, son autores extranjeros quienes terminan contándonos episodios de nuestra propia historia. Tenía incluso pensado relacionarlo con Las fuentes del silencio de Ruta Sepetys, ambientada en el Madrid de 1957 durante el franquismo.
Pero cuando por fin tuve Cabeza de turco entre las manos pensé:
—Annabel… aquí hay algo que no cuadra.
Y, efectivamente, no cuadraba.
Cuando el protagonista decide convertirse en turco
Cabeza de turco no habla de españoles deportados a campos de concentración. Günter Wallraff, periodista de investigación alemán, decide hacerse pasar por un inmigrante turco para experimentar en primera persona el trato que recibía este colectivo en la Alemania de los años ochenta.
Trabaja en distintos empleos, soporta condiciones laborales indignas, presencia humillaciones constantes y descubre hasta qué punto la xenofobia puede instalarse en lo cotidiano sin que apenas nadie parezca sorprenderse.
Si tuviera que resumir mis impresiones sobre el libro en una sola frase, diría: Lo siento, pero a veces me avergüenzo de mi propia especie.
Mientras leía, no podía evitar preguntarme cómo es posible seguir juzgando a alguien por el lugar donde nació o por el color de su piel. Nunca he entendido que se ataque a una persona por algo que no ha elegido ni puede cambiar y que, además, no define su carácter. Porque una persona no es buena o mala por su nacionalidad. Lo es por las decisiones que toma.
Cabeza de turco
El libro muestra cómo muchos inmigrantes aceptaban salarios miserables y trabajos extremadamente duros porque simplemente no tenían otra opción. Y eso me hizo pensar en algo que seguimos escuchando hoy: «Es que vienen aquí a quitarnos el trabajo».
Y, sin embargo, muchas veces hablamos de empleos que aquellos que protestan jamás aceptarían: jornadas interminables en el campo bajo cuarenta grados, trabajos físicamente agotadores (o nocivos para la salud) o tareas que casi nadie quiere desempeñar.
Quizá resulte más fácil buscar una cabeza de turco al que responsabilizar de todos los males de nuestro país en vez de preguntarnos por qué existen esas circunstancias.
¡Con la Iglesia hemos topado!
Uno de los episodios que más me hizo reflexionar fue el intento de Ali —la identidad que adopta Wallraff— de convertirse al cristianismo.
Su experiencia me hizo preguntarme varias cosas. ¿Dónde queda el mensaje de amar al prójimo cuando quien llama a la puerta es pobre, extranjero y no tiene nada que ofrecer? ¿Sería la negativa de algunos sacerdotes consecuencia de desconfiar de la sinceridad de aquella conversión? Es posible. Pero, aun concediéndoles el beneficio de la duda, el episodio deja un sabor amargo y obliga a cuestionarse hasta qué punto nuestros principios sobreviven cuando toca ponerlos en práctica.
Lo que menos disfruté
He de reconocer que, aunque el tema me parece interesante, el libro no consiguió atraparme y me resultó bastante tedioso llegar a la última página. No fue por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta.
Su estilo es muy periodístico, casi documental. En algunos momentos tenía la sensación de estar leyendo un informe más que una historia, y eso hizo que me costara avanzar. Tal vez, si el autor le hubiera dado un enfoque más natural y fluido para contar su experiencia como Ali, tanto el mensaje como la lectura hubiera ganado en atractivo y profundidad.
Curiosamente, terminé el libro pensando en algo muy distinto de lo que esperaba cuando lo compré. No aprendí sobre la historia que creía haber comprado. Para eso conseguí otro libro del que hablaré más adelante.
Aprendí que cuarenta años después seguimos discutiendo sobre inmigración, racismo y prejuicios. Sin, duda, hay ideas que, por mucho que huelan a rancio, parecen negarse a caducar.
Y quizá esa fue la mayor sorpresa de esta lectura. No descubrir que había comprado el libro equivocado. Sino descubrir que hablaba, tras tantos años, de un mundo que sigue pareciéndose demasiado al actual.
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