Caminito del Rey

Caminito del Rey | Belleza desde las alturas

Cuando compartí que tenía intención de recorrer sola el Caminito del Rey, me dijeron que estaba loca. Entonces pensé que es el miedo de los otros lo que mide nuestra locura, y prefiero ser una loca divertida que una cuerda sin nada interesante que contar.

Así que me dispuse a recorrer el que durante años fue conocido como el sendero más peligroso del mundo. Ahí dudé de mi valentía, pero mi lado racional (o irracional, vete tú a saber) me dijo: «A ver, Annabel, un recorrido que visitan cada año miles de personas, con guía incluido, y al que pueden acudir niños mayores de ocho años no puede ser tan peligroso». Y allá que me fui.

Al llegar al recinto, tras el trayecto en autobús desde la zona de aparcamiento, tuvimos que recorrer un camino a pie y cruzar un túnel excavado en la montaña, con suelo de madera y una preciosa iluminación. Después tocó esperar a que me asignaran grupo y, por fin, ponerse el casco.
«¿Será peligroso? ¿Habrá riesgo de desprendimientos? ¿Me dará vértigo? Me hago pis, ¿podré hacerlo durante el recorrido?».

Esas eran algunas de las preguntas que escuchaba a mi alrededor y mentiría si dijera que yo no me hacía las mismas. Pero darme la vuelta no estaba entre las opciones. Así que me coloqué el protector, el casco y los auriculares para escuchar las explicaciones del guía sobre la historia de aquel lugar.

Disfruto mucho de la historia. Creo que durante mi época de estudiante no supe apreciarla o, más bien, no supieron transmitirme el amor y la importancia de conocer de dónde venimos para entender hacia dónde vamos. Ya de adulta he descubierto que la historia puede ser algo realmente fascinante.

Me impactó descubrir que había gente que había vivido en un lugar de tan difícil acceso, donde una noche de tormenta debía de ser una auténtica pesadilla y enfermar suponía un enorme riesgo. También me sorprendió saber que, durante un tiempo, aquella zona fue utilizada para el contrabando, aprovechando que las autoridades apenas podían acceder hasta allí.

Pero, si algo me impresionó, no fue la altura ni los puentes, que hoy ya no tienen nada de peligrosos. Fueron las impresionantes vistas y el juego de luces y sombras sobre las paredes del desfiladero, junto con las esculturas naturales que el viento y la lluvia habían ido tallando en la roca durante siglos.

Seguro que a quienes vivieron allí también los tildaron de locos. Pero, después de todo, es gracias a ese punto de locura como una pequeña anécdota termina convirtiéndose en una gran aventura.


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