SELENA, un nuevo caso de la detective Natalie Davis (Primeros capítulos)

SELENA-M

Selena

Género: Suspense.
Páginas: 350.
Autora: Annabel Navarro.

Su reciente despido lleva al agente Jack Meyer a hacer la maleta y alejarse de Nueva York por una temporada; necesita tiempo para reorganizar su vida y decidir qué nuevo camino debe tomar. Pero porque él ya no esté, no significa que el mundo vaya a detenerse y los crímenes vayan a dejar de producirse.

Natalie tiene que enfrentarse a un nuevo jefe que está pendiente de cada uno de sus pasos a la espera de que cometa un error para deshacerse de ella; al tiempo que recibe una llamada que la pone sobre la pista de un nuevo caso: la muerte de un profesor de natación ahogado en la piscina de un instituto. La coincidencia con el asesinato de un inquilino del edificio donde Natalie vive, la llevará a una lucha interdepartamental por hacerse con el caso de una asesina en serie que deja una sutil marca en la frente de sus víctimas.

La agente no está conforme con la forma de proceder de su nuevo jefe, así que viaja en busca de Jack para pedirle ayuda e iniciar ambos una investigación paralela. Muchas son las incógnitas que necesitan respuesta; pero una, concretamente, la que más preocupa a los detectives: ¿estarán frente a un “crimen perfecto”?

Varias muertes, unos tacones que se alejan de cada escenario, un pasado que marca el declive del asesino, giros y suspense dan forma a este nuevo caso protagonizado por la novata agente del FBI.

“S.E.L.E.N.A” es el tercer volumen de la serie negra protagonizada por la detective Natalie Davis. Una novela llena de muertes, giros, suspense, malentendidos y un amor que, por fin, hallará desenlace.

*N. del A: No es necesario seguir un orden de lectura de los volúmenes que forman la serie, pues cada caso es una nueva aventura totalmente independiente.

PARTE I Selena.
Capítulo I

Jack bajó de la furgoneta que había aparcado junto a la tienda del pueblo. Hacía dos semanas que se había instalado en una de las casas flotantes del lago tratando de huir de las desastrosas consecuencias de sus actos. Había sido el primero de su promoción y luego, el agente federal más joven en dirigir un equipo de investigación; algo con lo que siempre había soñado y, había conseguido, para permitir que se le escurriera de entre los dedos. Tras delegar en su equipo la resolución de un importante caso cuyo desenlace había sido desastroso y haberse centrado en prestar toda su atención en su vieja amiga y subordinada, Natalie Davis, él había dejado de ser el agente Meyer del que se sentía orgulloso para convertirse en el hombre perdido y abatido que había abandonado Nueva York para esconderse entre latas de cerveza y ganchitos. Observó su reflejo en la ventanilla de su auto. Despeinado, con barba de varios días y ojeroso, con vaqueros sucios, botas marrones y camisa de cuadros; Jack no se parecía en nada al “Matt Bomer” que se paseaba trajeado con sus Ray-ban por la gran ciudad. Inició el paso con la mente en blanco y la mirada fija en la puntera de sus zapatos. La tienda, una construcción rectangular de tablones de madera y repintada de blanco, era el único lugar de suministros; a excepción de la gasolinera situada en las afueras. El tendero, Harry Turner, lo observaba sonriente haciendo que sus diminutos ojos negros se perdieran entre los pliegues que bordeaban sus pestañas; los estragos de llevar más de 30 años al frente de aquel lugar. Jack andaba sin apartar la vista del suelo, lo que le llevó a tropezar con una joven que justo salía de la tienda y en la que no reparó.
—Buenos días, señor Meyer —saludó efusivo. Jack se limitó a soltar un gruñido—. ¿Lo de siempre? —Preguntó mientras tomaba una caja de cartón para llenarla con varias botellas de whisky, ganchitos y cerveza. Con un nuevo gruñido, Jack asintió—. ¿Algo más? —Quiso asegurarse Harry ante de dar por zanjada la compra.
—Carne, huevos y panceta—respondió Jack al tendero, quien no podía ocultar su asombro.
—¿Chuletas? ¿Dos docenas? ¿Y varios paquetes? —Tartamudeó Harry tratando de descifrar los deseos de su peculiar cliente. Jack se limitó a asentir mientras buscaba la cartera en el bolsillo trasero de su pantalón.
—¡Maldita sea! —exclamó.
—¿Algún problema? Si no tiene dinero… —Harry trataba de ser amable, pero no iba a ser correspondido. Jack lo dejó con la palabra en la boca y retrocedió sobre sus pasos. Estaba seguro de que había salido con la cartera de casa y que la llevaba con él cuando había bajado de la furgoneta. Recordó a la chica con la que se había cruzado minutos antes y aceleró el paso para buscarla en la calle. Salió bastante furioso, pero se detuvo en seco al ver la cartera tirada en los escalones de la entrada. Regresó sobre sus pasos sintiéndose estúpido por creer que aquella chica le había robado, solo por haber chocado con él; seguramente se tratara de deformación profesional, para él todos eran sospechosos hasta que se demostrara lo contrario (aunque la ley dijera lo opuesto). Inició el paso sacudiendo la cabeza ante su suspicacia; ajeno a que unos ojos color avellana lo seguían muy de cerca.
—¿La había dejado olvidada en el coche? —dijo el tendero. Jack sonrió y se encogió de hombros sin dar explicaciones. Le dio varios billetes y esperó su cambio. Absorto trataba de recordar de qué conocía a aquella chica. Algo en ella le era familiar y estaba seguro de haberla visto antes.
—Señor Meyer, aquí tiene su cambio. ¿Señor Meyer?
—Oh, sí, gracias. Disculpe, ¿cómo se llama la chica con la que…? —Harry no le dejó continuar. Entusiasmado de que al fin Jack le dirigiera más de dos palabras, se soltó la lengua.
—Nadine Morris. También es de Nueva York como usted. Llegó hace unas horas al pueblo. Es escritora, ¿sabe? Aunque todavía no ha escrito nada importante. Ha venido a pasar una temporada para acabar su próxima novela. Es tan bonita como encantadora. ¿Quiere que le diga algo? ¿Le pido su número? —Preguntó Harry sin abandonar su actitud servicial. Jack negó.
—Creía haberla visto antes.
—Quizás coincidieran en Nueva York.
—No, estoy seguro de que no—. Jack tomó la caja con su compra y, sin despedirse, se dirigió a su furgoneta.
Sentado frente al volante trataba de hacer memoria. Nadine Morris. 1,60. Delgada, piel clara, ojos grandes, pelo negro y muy corto… Sabía que la conocía de algo, pero… ¿De qué? Jack desistió y arrancó el motor para regresar a su refugio donde se serviría un trago de whisky. Ya en su casa con la botella en la mano, se tumbó en el sofá sin poder apartar de su mente la incógnita que rodeaba a la escritora neoyorquina Nadine Morris.

Capítulo II

Steve era profesor de natación en un instituto. Aquella tarde le había tocado guardia. Tras finalizar las actividades extraescolares, debía revisar cada aula y rincón del centro para asegurarse que no quedara nadie. Normalmente, el profesor de turno, lo hacía acompañado de Mauro, el hombre de mantenimiento; pero se había tomado la tarde libre por asuntos familiares. Steve verificó cada rincón y, una vez acabado su trabajo, se dirigió a la piscina para tomar un baño; ya que nadie le molestaría. Tomó su móvil y seleccionó al azar a una de sus amigas para que lo acompañara; era algo que hacía habitualmente, por suerte hasta el momento nunca lo habían pillado. Se disponía a hacer su llamada cuando un bulto junto a la piscina lo sorprendió. De espaldas y apoyado de rodillas, alguien con el mono marrón de Mauro (el tipo de mantenimiento) y una gorra calada de color azul, se afanaba en limpiar el suelo con una esponja.
—¡Eh, amigo! ¿Has venido a sustituir a Mauro? Nadie me ha dicho nada. ¡Eh, amigo! — Volvió a llamar. Dio unos pasos y se percató de que llevaba unos auriculares puestos.
El intruso continuaba inmerso en su quehacer, así que Steve decidió acercarse para pedirle explicaciones. A unos pasos de distancia, sus pies le fallaron haciéndolo caer de espaldas con el consiguiente chichón en su nuca. Aturdido por el golpe, no se percató que el hombre en un movimiento repentino había abandonado su tarea y se disponía a dejarlo inconsciente. Le atizó con un mazo en la frente y Steve quedó inmóvil e indefenso. El agresor sacó una pequeña navaja de uno de sus bolsillos y garabateó algo junto a la herida; para luego guardarla de nuevo. Se acercó al cuerpo y con un suave movimiento, lo dejó caer al agua de donde no saldría hasta horas después, ya sin vida, y con la ayuda de varios profesores. El asesino, impasible, pasó la esponja que había estado usando, por el borde de la piscina, recogió sus cosas y devolvió todo el material al cuarto de mantenimiento dispuesto a alejarse de allí y volver a casa donde lo esperaba un nuevo plan para deshacerse de su próxima víctima. Nada hacía presagiar que entre aquellas paredes acababa de producirse un asesinato. El instituto aguardaba en silencio a que despuntara el día y se descubriera el incidente, una calma únicamente perturbada por el contoneo de un par de tacones que se alejaban con pesar.

 

Capítulo III

Jack yacía seminconsciente sobre el sofá; una botella vacía de whisky y varias latas de cerveza lo rodeaban. Nadine apretaba la cara al cristal de la ventana tratando de ver el interior, sin éxito. Aquella locura no dejaba de complicarse. Rodeó la casa y descubrió que una de las ventanas estaba abierta. Se aseguró de no ser vista y se coló en la casa flotante de Jack. El detective estaba tan borracho que permanecía completamente ajeno a lo que sucedía.
—¡Dios mío! ¡Menuda peste a alcohol! —exclamó Nadine. Recogió los envases vacíos y los tiró a la basura. Luego, se deshizo del contenido del resto de bebidas que quedaban en la casa. Enchufó la cafetera eléctrica y mientras el café se preparaba, agarró a Jack por los pies y lo arrastró a la ducha. Con sus escasos 50 kilos, a Nadine no le resultó fácil transportarlo. Estaba exhausta y comenzaba a dudar de que fuera buena idea. Tomó aliento y recobró la iniciativa. Tras hacerlo rodar por la casa, con algún otro golpe en el proceso, logró meterlo en la bañera y sumergirlo bajo el agua fría. Había bebido demasiado y ni siquiera la impresión por el contraste de temperatura lo hizo reaccionar. Jack se limitó a abrir los ojos por unos segundos, entornar la vista y…
—¿Quién eres? ¿Has venido a buscarme? —preguntó entre entusiasmado y apenado. Acto seguido volvió a dormirse. Nadine se marchó a la cocina y regresó con una taza de café que ayudó a tomarse.
—¡Maldito zoquete! —insultó frustrada golpeando la nuca de Jack. En un movimiento instantáneo y reflejo, Jack saltó de la bañera sobre ella, inmovilizándola, para luego arrastrarla al salón y atarla a una silla.
La chica forcejeaba sin abrir la boca. Jack estaba demasiado confuso para distinguir las facciones. Llevó la mano al pelo de la chica y tiró de los mechones, quedándose entre los dedos con una peluca y haciendo que el cabello castaño de la intrusa llegara hasta sus hombros.
—¿Natalie? ¿A qué has venido?
—En serio, ¿es necesario esto? —se limitó ella a responder, señalando con su cabeza a las manos que tenía atadas a su espalda. Él la miraba divertido, era la primera vez en semanas que se veían y aunque estaba contento de su visita, sabía que si había estado ocultándose es por qué tenía algún secreto.
—Bueno… Es lo menos que puedo hacer cuando una intrusa asalta mi propiedad. Nat… Me has defraudado; creí que estabas mejor entrenada.
—Oh, Jack. Estabas tan borracho que lo que menos esperaba es que pudieras moverte—Jack chasqueó la lengua contra el paladar.
—Un terrible fallo de novato. La famosa Natalie Davis no puede permitírselo…
—¡Jack! ¡Basta de juegos! ¡Suéltame! Hay algo importante que debemos hablar; es por lo que he venido a buscarte.
—Me decepcionas. Yo que pensaba que habías venido porque me echabas de menos…—Jack sonrió recordando una de las mejores noches de su vida.
La noche que murió Mark Jones, el ex de Natalie, ella estaba destrozada.
—Ha sido horrible —lloraba desconsolada. Jack la abrazaba, mientras ella se lamentaba. Jack asentía sin decir nada, no quería disgustarla aún más y sabía que dijera lo que dijera, ella lo usaría para desahogar toda su furia contra él.
Natalie decidió dejar a un lado su coraza y se acomodó entre sus brazos. Él la apretó contra sí, mientras olía su pelo; el olor a menta impregnaba todo el habitáculo. Natalie alzó la cabeza quedando ambos a tan corta distancia que al hablar rozó sus labios, y añadió mirándole a los ojos—. ¿Pero qué será de ti? —dijo para después besarlo. Jack no estaba seguro de qué sucedería, pero sabía que al menos durante unos minutos, aquella noche… Natalie sería suya.
Había sido el primer acercamiento entre ellos y, aunque se habían limitado a darse unos besos y a permanecer abrazados en el coche hasta que los primeros rayos de sol les advirtió que estaba amaneciendo, habían dado un importante paso en su relación que, debido al despido inmediato de Jack, había vuelto a quedar en stand by; pues él había estado sumido en una profunda depresión que lo había llevado a apartarla de su lado.
Natalie lo miraba frunciendo el ceño. La última vez que se habían visto habían mantenido una dura pelea.
Toda la oficina lo había oído discutir con el jefe de departamento. Jack había abandonado el despacho iracundo, luego había recogido su mesa para después salir del edificio sin despedirse de nadie; ni siquiera de ella. Natalie no pensaba dejar las cosas así. Corrió tras él, alcanzándolo en el parking.
—¿Jack? ¿Estás bien? —dijo a la espalda del ex-agente que guardaba sus cosas en el maletero de su coche. No respondió—. ¿Qué ha sucedido? ¿Te han suspendido? No debes preocuparte, estoy segura que muy pronto estarás de vuelta—. Jack cerró el maletero y se dispuso a bordear el coche para subirse a él—. ¿Jack? —Insistía Natalie, quien trató de voltearlo tomándolo del brazo; pero el agente se deshizo de ella haciéndola caer de espaldas sobre el coche aparcado junto a ellos. Jack golpeó el techo con el puño, pasando su mano a unos centímetros de su cara.
—Tú tienes la culpa de todo esto, por abrirte de piernas con el primero que se cruza en tu camino —le gritaba casi rozando su nariz. Natalie lo abofeteó con todas sus fuerzas. Él, acariciándose la mejilla, contraatacó—. ¡Eres patética! Enamorarte de un asesino… ¿Puedes dormir por las noches sabiendo todo lo que hizo ese hijo de puta? ¡Qué idiota he sido! —rio histérico—. Lo he dado todo por ti, hasta en lo único que soy bueno… No me llames, no me busques, he muerto para ti—. Natalie lo observaba boquiabierta y paralizada, jamás había imaginado que él la trataría así; él la conocía y sabía que no se entregaba al primero que se cruzaba en su camino. Mark Jones había ejercido sobre ella una atracción especial que había nublado su juicio. Jack, sin mirar atrás, arrancó el motor y salió de la plaza para huir de allí a toda prisa.
Desde entonces no se habían visto. Jack no había estado en su mejor momento. No le guardaba rencor, y tenerlo frente a ella después de tantas semanas sin verlo, le ablandaba el corazón; aunque su actitud empezaba a cabrearla.
—¡Jack! ¡Maldito cabezota! He descubierto algo muy importante sobre tu despido. Alguien te la jugó y puedo hacer que vuelvas—. Jack la miró desconfiado—. ¿No me crees?
—El problema no es que no te crea, es que no estoy seguro de si quiero volver —explicó Jack mientras la desataba. Ella lo miraba perpleja—. Aun así, tengo curiosidad por esa historia que te ha hecho venir a buscarme… Después de no haberme hecho ni una sola llamada—. Natalie tragó saliva, no quería confesarle que todos los días durante el tiempo que habían estado separados había marcado su número, pero todas esas veces no se había atrevido a hablar y había colgado.
—Dejaste muy claro la última vez que nos vimos que no querías saber nada de mí.
—Sobre eso… —Jack hizo el intento de disculparse, pero ella no le dejó. Con un golpe en la parte trasera de las rodillas y un rápido movimiento, lo inmovilizó en el suelo aplastándole la cabeza contra la alfombra.
—Ni se te ocurra volver a tratarme así —le dijo al oído divertida. Él con un movimiento de caderas se deshizo de Natalie dejándola tumbada en el suelo. Él se puso de pie y le tendió la mano para ayudarla. Una vez incorporada y sin haber soltado su mano, la atrajo hacia él y le dio un fuerte abrazo.
—Me alegro mucho que hayas venido.
El tiempo se detuvo para ellos que permanecieron varios minutos abrazados en medio de la sala y sin decir nada. Jack carraspeó algo avergonzado por haberse dejado llevar por sus sentimientos.
—Bueno… ¿Y esa historia?
—Será mejor que nos sequemos—sugirió Natalie observando sus ropas y el reguero de agua que recorría media sala desde el baño—. Luego con una taza de café, te lo contaré todo; va a ser una noche muy larga.
Jack le dedicó una sonrisa y obedeció, regresando con dos tazas de café y unos sándwiches. Ambos se sentaron en el sofá con las piernas encogidas mirándose uno al otro. Natalie tomó aliento y comenzó a hablar.
—Hace unas semanas recibí una llamada de alguien que decía necesitar mi ayuda…

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