Las historias de Annie | Cuestión de suerte

El día que todo me salga bien, no voy a saber qué hacer.


Nos enseñan a lo largo de nuestra vida que nada se consigue sin esfuerzo ni sacrificio; todo tiene un precio, y no sólo económico. Te marcas una meta, planificas tu tiempo, renuncias a muchas cosas, estableces tus tareas y lo das todo para que llegado el momento crítico la balanza del éxito caiga hacia tu lado.

Durante el camino, vas consiguiendo pequeños logros que te alientan a seguir luchando; lo estás haciendo bien y eso significa, aunque lo niegues con falsa modestia, que el día en que tenga lugar el veredicto… tú serás la número uno. La idea te hace sentir bien y no porque busques la fama o la gloria, o la aprobación de tu entorno; no, lo tuyo es más simple. Lo único que deseas es culminar el viaje con la gratificación de que todo el esfuerzo y el sacrificio ha merecido la pena; que cuando te decían… ¡déjalo! ¡cambia de meta! ¡te haces vieja! no sabían lo que decían y que, contra todo pronóstico, has logrado tu objetivo; lista y emocionada para empezar con otro. Sólo es cuestión de tiempo, así que te presentas a la prueba con tu mejor sonrisa, lo das todo y esperas los resultados.

Llega el temido día y no es lo que esperabas. Has dado lo mejor de ti y creías hacerlo bien, entonces descubres que no era así; al menos, no has sabido defender tu causa en la gran batalla. Buscas culpables, achacas el tema a amiguismos… sin embargo, la realidad es que tú y sólo tú eres responsable. El esfuerzo y el sacrificio son necesarios, pero la suerte, esa magia que pulula a nuestro alrededor y nos hace sentir que lo bueno nos pasará por una vez a nosotros, es un factor importante que parece, de nuevo, no haber estado de tu lado.

Redacción: Annabel Navarro

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