Las baldosas amarillas

#Microrrelato “de puño y letra”. Otoño en #Londres con una maleta cargada de añoranza.


Las baldosas amarillas

Marie metió la ropa en la maleta a toda prisa. Se colocó la bufanda de color vino que su abuela había tejido para ella antes de viajar a Londres y se enfundó un abrigo cualquiera, no dotado de igual sentimentalismo; distraída, rememoraba su lista de cosas pendientes al tiempo que lo abotonaba. Se sobresaltó a ser consciente que el avión no retrasaba su marcha por nadie, aunque ese fuera su estado habitual. Respiró profundamente atenta al tictac del reloj colgado en la pared de la cocina que la apremiaba a salir corriendo. Cerró la puerta sin hacer ruido y fue descendiendo, peldaño a peldaño, con el sinsabor de sentir que olvidaba algo importante y la certeza de que algo bueno la esperaba. Puso un pie en la acera de tonos ocres y rojizos que el otoño había decorado aquel Noviembre, mientras un rayo de luz acariciaba sus mejillas, cerraba sus ojos y le obligaba a dar un beso al aire; un radiante sol que, no conforme, lograba robarle también una sonrisa. Miró a su espalda la enorme fachada del siglo XVIII y la nostalgia por los buenos momentos vividos, provocó que una inquieta lágrima compitiera con la fresca brisa de aquella mañana en rozar su cuello. Agradeció la brillante idea de despedirse de todos sus amigos la noche antes, pues sabía que no hubiera sido capaz de decirles adiós mirándolos a los ojos. Apartó los restos de agua salada de su mejilla, recolocó bufanda y abrigo, e inició la marcha caminando sobre las baldosas amarillas; esas que como a la risueña y jovial Dorothy del cuento, llevarían de vuelta a casa.

Redacción: Annabel Navarro

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