“EL LAMENTABLE DESCENSO… ” de Ángel Delgado

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EL LAMENTABLE DESCENSO DE HENRY NORTON, POR ÁNGEL DELGADO

CAPÍTULO 1

Es de noche, la madrugada ha caído y todo está en silencio en el apartamento que Henry Norton
tiene en Manhattan, pero es un silencio roto por los sonidos que emiten las teclas de una Underwood
bajo la luz de una lámpara. Norton escribe las últimas páginas de una novela que comenzó hace más
de cuatro años.
Estamos en marzo de 1981 y Henry se ha encerrado durante los últimos meses para ponerle fin a
su tercera novela. Acaba de dejar atrás la etapa más oscura de su vida. Eso cree, pero justo en el
momento en que ha encauzado un final sublime para la historia que está escribiendo el teléfono de su
apartamento comienza a sonar. Al principio no lo oye y cuando se percata de él no le hace caso.
Piensa que puede ser su editora, en las últimas semanas ha estado incordiándole con preguntas sobre
la novela, casi a diario, aunque es poco probable que sea ella por la hora que es, nunca suele llamar
tan tarde, sobre todo cuando sabe de sobra que el escritor trabaja de madrugada. Así que Henry sigue
escribiendo como un autómata, ignorando el sonido del teléfono para no desligarse del torrente de
palabras e ideas que van surgiendo de su cabeza en forma de imágenes. Siempre ha escrito así,
transformando en palabras las imágenes que van deambulando ante él como si fuesen las escenas de
una película de cine negro.
El teléfono sigue sonando pero Norton continúa inmerso en la vorágine que supone el final de la
historia que escribe, arrastrado por ella sin remedio. En 1973 publicó su primera novela, que transitó
por el panorama literario obteniendo un discreto éxito de crítica. Cuatro años más tarde, en enero de
1977, su segunda novela vio la luz y alcanzó un éxito comercial considerable, pero él ve aquello tan
lejos y la historia de su mujer le trae recuerdos tan tristes que prefiere dejar que el olvido se ocupe de
ellos. Tan sólo habló con la policía de todo lo ocurrido, y con Larry, con su amigo Larry, pero ahora
él está muerto y Norton es un neoyorquino de cuarenta y cinco años que no tiene a nadie con quien
hablar, aunque a él eso ya no le importa, las ganas de hacerlo desaparecieron hace unos meses, justo
el mismo día en que Hannah y Paulette le telefonearon con tres horas de diferencia para decirle que
ya no volverían a verle nunca más. A Henry Norton le dejaron ambas mujeres a la vez y recibió las
llamadas en el mismo teléfono que ahora no paraba de sonar en mitad de la noche de su apartamento
de Manhattan.
El escritor alarga el brazo sin dejar de mirar el folio mecanografiado que está cargado en la
Underwood y toma con la punta de los dedos un Marlboro casi consumido que reposa en el cenicero,
se lo lleva a la boca, da una chupada y piensa que en breve tendrá que cambiar el carrete de tinta de la
máquina, se está secando, pero ahora no puede emplear su tiempo en cambiarlo por uno nuevo, tan
sólo puede malgastar los segundos justos para darle la última calada al cigarrillo y volver a
sumergirse en la historia del papel. Mientras tanto el teléfono ha dejado de sonar, pero eso Norton no
lo sabe porque en su oído persisten los ecos de los rings insistentes del aparato, como si fuesen las
últimas notas de una canción que se va alargando en los restos de la noche. Hay canciones que
permanecen enquistadas en la memoria de las personas, enquistadas a un recuerdo de cualquier tipo y
eso es lo que hace que se conmuevan de muchas formas o que nos destrocen por dentro cuando las
evocamos, a veces ocurre con tan sólo oír las primeras notas. Henry Norton tiene muchas canciones
de ese tipo y el mensaje que debe darle la voz tras el teléfono esta noche es una de esas canciones,
pero él aún no lo sabe.
Han pasado cuatro meses de la muerte de Larry y fue a partir de entonces cuando Norton cambió
de nuevo su forma de vivir las cosas. Puede decirse que casi es la misma persona que fue años atrás,
cuando su mujer estaba en casa. Pero ahora vuelve a estar solo, completamente solo, y goza de una
libertad absoluta sin comprometerse con nadie, por eso se había entendido a la vez con esas dos
chicas, Hannah y Paulette. Dos mujeres menores que él y que había conocido en sus paseos nocturnos
por la Séptima Avenida.
A Hannah la conoció una noche de principios de enero, la chica tenía diecinueve años y acababa
de matricularse en la Universidad de Albany, era una estudiante de Literatura Hispanoamericana y una
enamorada de España, del Quijote y del jazz de los años 50, eso fue lo que atrajo la atención de
Norton cuando pedía un whisky con soda en la barra del Village Vanguard. Él recogió su vaso y
cuando estaba a punto de girarse la oyó decirle al camarero que Ben Webster le parecía infinitamente
mejor que Coleman Hawkins y Lester Young y que lo había demostrado con creces cuando interpretó
Danny Boy y Tenderly en el 63. Por aquel año Norton recordó que Webster había actuado en
Providence, Rhode Island, y que con toda probabilidad la chica hacía referencia a ese concierto.
Henry se sorprendió al oír aquello y nada más mirarla se dejó embaucar por el balanceo de sus rizos
pelirrojos sobre la barra. Ella se había inclinado para pedir un bloody mary con aquella voz tan
cristalina que tenía, y las puntas de su melena rozaron levemente la madera mojada mientras su mano
izquierda, blanca como la leche, intentaba recoger su pelo para evitar que quedase empapado por los
restos de las copas que se habían derramado con anterioridad sobre la barra. Fue inútil, las puntas
acabaron mojadas y Norton vio una oportunidad excelente para hacer una broma sobre aquello. Ella
le miró, divertida, y él pagó el bloody mary mientras hacía un comentario sobre aquella actuación de
Ben Webster. Luego charlaron durante largo rato sobre los temas que estaban sonando en el local. Y
cuando ella dejó su cigarrillo sobre el cenicero y quiso excusarse para ir al baño él le dijo que la
besaría nada más regresara a su silla, que si le iba a parecer desagradable que un hombre de cuarenta
y cinco años la besara en la boca podía marcharse a otra parte del club, de esa forma no la volvería a
molestar, ni siquiera volvería a mirarla durante el resto de la noche. O que, si incluso estar cerca de
él le iba a parecer repugnante, podía pedirle que se marchara.
Hannah permaneció en silencio mientras Henry Norton le soltaba todo aquello. Luego apuró su
tercer bloody mary de la noche, cogió su bolso de mano y entró en el baño. Se preparó una raya de
cocaína sobre el lavabo y la dejó reposar mientras ocupaba uno de los retretes, se bajó las bragas y se
agachó sobre la taza. No tuvo que tomar ninguna decisión mientras oía cómo el chorro de orín se
mezclaba con el agua sucia del inodoro y los últimos compases de Moonglow, interpretada al saxo
por Benny Carter, resonaban en la distancia. La decisión la había tomado antes de apartarse de la
barra. Cuando acabó cogió un trozo de papel higiénico y accionó la palanca de la cisterna pero el
mecanismo no funcionaba, así que se limpió y echó el trozo de papel en un cubilete metálico que
había junto al retrete. Se dirigió al lavabo y abrió su bolso de mano, se repasó los labios con un
Margaret Astor de color rojo que casi hacía juego con su pelo y salió del baño olvidándose de
esnifar la cocaína.
Norton la vio regresar mientras le daba un sorbo a su whisky con soda. Ella ocupó su sitio en la
barra y le sonrió. Tenía los labios brillantes. Tenía una boca apetitosa, una boca de diecinueve años
que daban ganas de morderla de la misma forma en que se muerde la carne de un melocotón que ha
caído del árbol en su mejor momento. Pero Henry no la besó, se limitó a seguir mirándola mientras
le daba otro trago largo a su vaso y se agarraba a él como si ese pedazo de cristal con hielo fuese el
último salvavidas de un barco a punto de zozobrar. Luego siguieron hablando de jazz y del mal
estado en que se conservaban algunas grabaciones que Billie Holiday había dejado en los estudios
Verve, y lo que Norton había dicho sobre besarla quedó rápidamente relegado al olvido, como si
aquellas frases hubiesen sido pronunciadas por otra persona muy diferente al escritor, como si se
hubiesen pronunciado en un mundo paralelo o hubiese estado poseído momentáneamente por un
espíritu romántico, enfervorizado y febril que se diluyó en el aire como el humo de un cigarrillo,
nada más ver regresar a Hannah del baño.
En el apartamento de Henry Norton el teléfono vuelve a sonar en mitad de la noche y se acopla
al repiqueteo de su máquina formando una perniciosa melodía. Norton continúa tecleando de manera
frenética, a veces incluso cierra los ojos mientras las palabras siguen volcándose de sus dedos al
papel. Cierra los ojos para verse aún más adentro de la historia que está finalizando. Se imagina que
todo lo que él ha sido hasta ahora está dentro de su cabeza y baja por su rostro, por el cuello, para
más tarde dividirse en dos partes iguales a la altura de su torso y seguir descendiendo por sus brazos,
hasta que acaban cayendo pesadamente sobre las manos y se pierden por debajo de las teclas, desde
las puntas de sus dedos gruesos hasta llegar a los párrafos que escribe en el papel blanco. Incluso así
Norton es incapaz de evadirse por completo del aparato que le reclama.
Por un momento se detiene, levanta con suavidad los dedos de la Underwood y comprueba lo
evidente: el sonido del teléfono reina ahora por encima de cualquier otro en la madrugada de
Manhattan, igual que lo haría King Kong desde la cima del Empire State Building.
El cigarrillo se ha apagado y Norton abre los ojos y comprueba que las letras apenas se marcan
sobre el papel. Tiene que cambiar la cinta. Mientras lo hace sus ojos continúan visualizando los
párrafos que faltan sobre las páginas que le restan por escribir, aunque sus manos vayan al primer
cajón de su escritorio y desenvuelvan el nuevo carrete él sigue escribiendo el final de su novela allá
donde se posan sus ojos. Una vez tiene la cinta preparada levanta la tapa de la máquina de escribir y la
encaja en su sitio. El teléfono deja de sonar y el escritor enciende otro Marlboro, da una calada y deja
escapar el humo por la nariz, lentamente; lo hace como si él fuera el gigantesco simio de aquella
película y todos los teléfonos del mundo se esparcieran a su alrededor, destrozados bajo sus puños.
Aún tiene el final de su novela en las yemas de sus dedos. Así que se lanza de nuevo sobre las teclas.
La noche en que conoció a Hannah en el Village Vanguard Norton montó a la chica en el
Chevrolet que había heredado de su amigo Larry y condujo hasta su apartamento. Hicieron todo el
trayecto en silencio y cuando Henry paró el motor en la radio sonaba I only have eyes for you en la
voz de Billie Holiday. Aquel instante hubiera sido el momento perfecto para besarla pero ninguno de
los dos se movieron de sus asientos. Henry fue el que rompió ese halo diciendo que creía no tener en
casa lo necesario para preparar un bloody mary. A ella eso ya no le importaba. Una vez arriba Norton
abrió la puerta y pulsó el interruptor de la luz de la entrada. Muchas veces hacía eso y luego no
encendía ninguna otra. Salvo cuando se sentaba en su escritorio, entonces sí prendía la pequeña
lámpara. Eso le gustaba, que todo su mundo pudiese iluminarse con una sola bombilla. Entraron en el
apartamento, se detuvieron frente al sofá y comenzaron a desnudarse, cada uno despojándose de sus
propias prendas, hasta que se quedaron desnudos. Sus cuerpos parecían dos esculturas neoclásicas
inacabadas iluminadas con crudeza por la luz blanca de la entrada del apartamento.
Entonces ella, aún de pie, levantó una pierna y apoyó el pie en el brazo del sofá, dejando
entrever toda la abertura de su sexo joven, de vello rojizo y rizado. Norton se acercó a ella y la
penetró. Aquella noche no se besaron, sólo tuvieron sexo en esa postura, luego bebieron y hablaron
de jazz hasta que el sueño les rindió. Henry dijo que dormiría en el sofá y Hannah pasó al dormitorio.
Así ocurrió todas las veces que se vieron, unas veces coincidían en el club de jazz, otras se llamaban
por teléfono, pero siempre acababan igual. Ella levantaba una pierna y él la penetraba hasta que
eyaculaba dentro. Transcurrieron más de dos meses hasta que el escritor le dio aquel beso a Hannah,
ocurrió con los dos de pie y con sus bocas jadeando y suspirando a unos centímetros una de la otra.
Entonces Norton se inclinó y la besó, fue un beso demasiado suave, como si estuviera rozando con
sus labios una cortina de seda. Sólo hacerlo de ese modo y el jazz eran las únicas cosas que tenían en
común y lo llevaban a cabo como un ritual silencioso. Todo lo demás no importaba.
Por eso Norton no se extrañó que una noche Hannah no apareciera y le telefoneara para decirle
que no le vería nunca más. A Henry aquello le dolió, siempre duele cuando ya no vas a volver a ver a
alguien y, de vez en cuando, en sus descansos frente a la Underwood, se preparaba un bloody mary y
se imaginaba a Hannah de pie junto al sofá, con sus labios entreabiertos y mostrándole con su
morbosa y falsa inocencia su frondoso sexo de vello rojo.
El teléfono vuelve a sonar pero él hace caso omiso y continúa escribiendo. Además, no existe
ninguna otra mujer que le tenga que dejar por teléfono. Ya no.
Paulette también lo hizo, así se llamaba la otra chica que le dejó. Era calcada a la actriz de cine
mudo del mismo nombre: Paulette Goddard. A Henry le pareció una coincidencia celestial que se
llamase igual y que ella llevase el pelo como la mujer de Charles Chaplin. Aquello había sido algo
fortuito, ya que Paulette nunca se había interesado especialmente por el cine clásico, que comenzaba a
apreciar ahora junto a Henry. Hacer el amor con cada una de ellas era totalmente distinto. Una noche
Henry guió a Paulette para que hiciera lo mismo que, de forma natural, hacía Hannah nada más entrar
en el apartamento, pero ni la posición de la pierna, ni el vello púbico, ni los gemidos de Paulette eran
como los de la universitaria. Así que el escritor alternaba entre una y otra de acuerdo a su apetito
sexual y a las ganas de ver una sesión de cine clásico en el reproductor de videocasetes, eligiendo a
Paulette, o de oír unos vinilos de jazz, con Hannah.
Cuando acababa de hacer el amor con Paulette él se levantaba de la cama y se sentaba a escribir
la novela o cualquier otra cosa, entonces la chica cogía el chelo que había pertenecido a la mujer de
Norton y, desnuda, comenzaba a tocar alguna pieza de Edward Elgar. Y en ocasiones Henry, sin dejar
de escribir, levantaba la vista e imaginaba los pezones de Paulette que, temblorosos, estarían
rozándose contra la parte trasera del cuerpo del instrumento. Así permanecían durante algo más de
una hora, como dos seres apartados del mundo, incomprendidos o excluidos, hablando cada uno, en
solitario, los lenguajes de una vieja máquina de escribir y del instrumento musical de cuerda de una
desaparecida. En ocasiones la mujer dejaba de tocar, rodeaba el chelo con sus brazos desnudos,
miraba por la ventana hacia la calle y, con la vista puesta en algún vehículo, preguntaba:
―¿De qué color tengo los ojos, Henry?
Y Norton, aun oyéndola, elegía seguir inmerso en su mundo literario. El escritor ya había oído
aquello muchos años atrás, cuando su mujer le había preguntado lo mismo tras haber tomado aquel
batido de vainilla en Mattus. Ella se había tapado la cara con una servilleta y había lanzado aquella
pregunta. Y el escritor había contestado:
―Del color de los cuentos que aún no te he escrito.
Por aquel entonces Henry estaba enamorado como un adolescente y contestaba a las cosas como
un hombre que daba saltitos incontrolados por la superficie lunar en lugar de hacerlo como un
transeúnte cualquiera de las aceras de Nueva York. Ahora era distinto, por eso reservó su respuesta,
por eso simulaba estar ausente y siempre se quedaba en silencio cuando Paulette le preguntaba lo
mismo tras hacerle el amor, porque era eso, con Paulette hacía el amor; con Hannah era distinto, una
sosegada obsesión lujuriosa y sexual. A la universitaria había tardado dos meses en besarla, a Paulette
no, a ella la había besado la primera noche. Tomó su cara entre sus manos y atrajo sus labios finos
sin carmín hasta su boca. Cuando Henry se apartó ella le dijo que jamás la habían besado así, con esa
endiablada lentitud, como haciendo que todos los objetos a su alrededor se derritiesen. Así fue como
empezó a enamorarse del escritor. Leer las dos novelas que había escrito sólo sirvió para acentuar
aún más su interés por él. Cansada de esperar a ser correspondida con el mismo afecto que le
profesaba, decidió sustituir la pasión por pequeñas muestras de cariño, como levantarse de la cama
para prepararle un sándwich mientras él seguía escribiendo de madrugada, o darle un tímido beso en
la cara mientras seguía inmerso en el papel, con un cigarrillo colgándole de los labios. Sin embargo,
en otras ocasiones, no había separación entre ellos y la chica se dejaba arrastrar por la pasión
incontrolada del escritor, que le llevaba a besarla en cada rincón del apartamento, aunque la mayoría
de las veces los tres metros que separaban la máquina de escribir y el chelo se hacían años luz de
distancia.
Así transcurrieron varios meses hasta que Paulette se cansó de hacer de esposa suplente.
Entonces dejó a un lado sus sentimientos, cogió el teléfono y llamó para decirle que no volverían a
verse más. Dos horas antes Norton había recibido la llamada de Hannah diciéndole exactamente lo
mismo. Dos llamadas prácticamente idénticas. Lo que no supo en ese momento es que, tras colgar el
auricular, Hannah continuaría con sus estudios de Literatura Hispanoamericana en Albany mientras
Paulette salía por el hueco de la ventana del apartamento donde vivía, en un octavo piso. Su vida
acababa en una acera de Park Avenue, con su precioso cabello peinado a lo Goddard alborotado
sobre el asfalto.
Finalmente, ante la insistencia de las llamadas al teléfono, el neoyorquino se rinde. Abandona su
escritorio y acude a descolgar el aparato. Se lo lleva a la oreja y por un instante todo queda en
silencio. Un teléfono descolgado ya no suena y las teclas de la Underwood reposan quietas, han
dejado de moverse bajo sus dedos esperando de nuevo a que el escritor se siente ante ellas.
Transcurren unos segundos antes de que la voz del otro lado empiece a hablar, pero para Henry
Norton esos segundos parecen circular tan lentos como el tráfico de Manhattan en hora punta. Al otro
extremo del auricular una voz que el escritor desconoce pregunta por él:
―¿Henry Norton?
―Sí ―contesta en un volumen casi imperceptible.
La voz del desconocido prosigue indicándole que tome nota de una dirección. Por el timbre y el
tono se trata de la voz de un hombre, de eso no cabe la menor duda. El escritor abre de mala gana la
libreta de un viejo listín telefónico que hay sobre la mesilla del teléfono, toma un lápiz y garabatea en
una página en blanco la dirección que le indica el desconocido.
―¿Ya la tiene? ―pregunta la voz.
―Sí.
―Muy bien. Norton, su mujer está viva.
Tras decir eso el desconocido cuelga. Ante el auricular se extiende el vacío y Henry Norton se
vuelve a quedar solo en mitad del silencio que reina en su apartamento de Manhattan, solo que ahora
no hay nada que lo rompa, ni siquiera el sonido de las teclas de una máquina de escribir bajo la luz de
una lámpara.

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