El asesino de Village Steet – Capítulo 1

Natalie bajó del destartalado autobús que la había traído desde la ruinosa estación de tren. Cuando les explicó a sus amigos, familiares y colegas de profesión que había comprado un billete con destino a ninguna parte, todos pensaron que era una cita literaria; nunca creyeron que se tratara de algo literal.

Se encontraba perdida en un alejado pueblo, en medio del Estado más olvidado de EEUU. El pueblo se expandía alrededor de una calle principal; en el margen derecho estaban las viviendas de los lugareños, y en el izquierdo los comercios y las empresas de servicios, custodiados a sus espaldas por el aserradero. Al final de la calle, una enorme plaza circular se erigía como antesala de la Biblioteca, el Ayuntamiento, la Iglesia y la Comisaría. Tras ellos, la tierra arada daba lugar a los campos de cultivo.

El edificio que encabezaba la zona comercial era una oficina de correos, así que decidió entrar para pedir algunas indicaciones. William Melvin era el encargado de la oficina de correos. Alto, escuálido y de aspecto enfermizo, la miraba con sus enormes ojos azules, casi sin pestañear.

Buenos días el señor Melvin la saludó desde el mostrador ¿Se ha perdido señorita?

Buenos días. Estoy buscando la casa de Margaret Henryson era el lugar que le habían conseguido para instalarse mientras durara su estancia en el pueblo. La señora Henryson había fallecido recientemente y el alcalde se había encargado de arrendar la vivienda.

Pobre, señora Henryson dijo sin que su expresión reflejara ningún atisbo de pena ¿Es usted familiar suya?

No Natalie sonrió a la espera de las señas pero Melvin aguardaba más información. En las grandes ciudades la mayoría de la gente tiene prisa y no presta interés a casi nada. Allí ocurría todo lo contrario, el tiempo parecía haberse detenido y todo el mundo era como una gran familia con ansias de saber de los demás He alquilado su casa. Me instalaré tan pronto pueda encontrarla Melvin sorprendido, no conseguía articular palabra.

La nº 11, justo en frente de la clínica del doctor Morrison.

Gracias, ¡qué tenga un buen día! Natalie salió del local en dirección a su nuevo hogar. Todos los vecinos con los que se cruzaba se quedaban observándola y antes de llegar a la casa, el pueblo entero era conocedor de su visita.

Cuando finalmente se halló frente el nº 11, se sintió decepcionada. La valla de la entrada estaba descolorida y carcomida, el jardín estaba bastante descuidado y la fachada no tenía buen aspecto. Se preguntaba si el interior estaría mejor conservado, pero su descubrimiento tendría que esperar. El alcalde y su mujer habían venido a darle la bienvenida. Natalie dejó su equipaje en el porche y salió a saludar. Él era un tipo bajito y regordete, de pelo canoso y cuidado bigote. Usaba pantalón de pana beige y una camisa verde de cuadros. Su mujer era bastante más joven que él, de piel clara y pelo oscuro, no dejaba de recolocarse el vestido verde de lino, muy apropiado para aquel atípico octubre en el que las temperaturas eran bastante cálidas.

Buenos días, mi nombre es Peter Gordon y soy el alcalde. Es un honor para nosotros tener…su mujer carraspeó a la espera de una presentación.

Querido… dijo recordándole su presencia.

Le presento a la Sra. Gordon la complació centrándose en lo que realmente le interesaba Como iba diciéndole, es un honor para nosotros tener…Natalie lo interrumpió haciéndole sentir ofendido.

Mi nombre es Natalie Davis. Para mí sí que es un honor que se hayan tomado la molestia de visitarme; como comprenderán no puedo atenderles ahora mismo dijo señalando la casa tengo mucho trabajo y el viaje ha sido agotador La pareja la miró con desprecio ante su descortesía. Natalie se recordó a si misma que ya no estaba en la ciudad y debía adaptar sus formas ¿Qué les parece si dentro de un par de días les invito a cenar? Bueno, si su agenda se lo permite. Seguro que un alcalde como usted debe estar muy ocupado sabía que el ego de ese hombre no podría resistirse a su palabrería. Los Gordon estaban fascinados con la idea y se marcharon orgullosos y contentos por ser tan buenos anfitriones. Natalie sacó de su mochila un libro de notas y tomó algunos apuntes antes de continuar.

Respiró profundamente, giró la llave y empujó con resignación la puerta. Por suerte, el exterior no se correspondía con el interior; totalmente restaurado y decorado con un comedido estilo rural. El recibidor daba paso a la derecha a la cocina-comedor y a la izquierda, a una sala de estar con mirador; una biblioteca, un baño y una habitación de invitados. Frente a ella, se encontraba la escalera que llevaba hasta el segundo piso donde estaban ubicadas el resto de habitaciones.

Aliviada, husmeó por cada rincón antes de comprobar la zona trasera donde había un pequeño jardín árido. Sin duda, hacía tiempo que la Sra. Henryson había desistido de cuidar aquel lugar, tal vez desde la muerte de su marido. Natalie, mientras especulaba sobre la historia de la mujer, recorría la parcela pensativa. Regresó al interior y una vez más anotó algo en su diario.

Tras comprobar como estaba todo distribuido, decidió instalarse en la planta baja. Optó por cerrar el resto de habitaciones de la planta superior hasta que decidiera qué hacer con aquella casa y trabajar en la biblioteca contigua a su dormitorio que, aunque de reducidas dimensiones, era bastante luminosa. Desempacó, se tumbó para comprobar no haber elegido la peor habitación y, antes si quiera de poder crearse una opinión, se quedó dormida hasta el día siguiente.

El sol que se colaba por su ventana le recordó que tenía mucho de lo que ocuparse. Se duchó, preparó su bolso y salió de aquella casa en dirección a la cafetería. Natalie seguía despertando curiosidad a su paso; todo el pueblo se preguntaba qué haría una chica de ciudad en un lugar como aquel.

Village Street era un tranquilo pueblo del sur, situado a más de 70 km de la ciudad. Su fundador John Foster, un idealista que había puesto en práctica su sueño, había sido uno de los primeros colonizadores en llegar a la zona. Harto de la gran cantidad de sangre derramada por hacerse con un pedazo de tierra, decidió distribuir los edificios alrededor de un única calle principal; además de repartir la tierra de cultivo y las casas de manera equitativa. Cada lugareño contaba con la misma porción de tierra y con una casa con igual distribución. El empeño de Foster por mantener la concordia, dio como resultado un área geográfica de líneas perfectas y rectangulares. Algo novedoso en una época en la que los asentamientos se realizaban de manera espontánea.

Village Street tenía su propio suministro de agua y electricidad, y cada familia se encargaba de producir o servir lo necesario. Una vez a la semana, el tendero viajaba a la ciudad para obtener aprovisionamiento de los recursos que ellos mismo no podían suministrarse. Pese a la distancia existente de una ciudad de grandes edificios, Village Street estaba inmersa en el siglo XXI; disponían de servicio de Internet, las calles estaban asfaltadas y contaba con demás comodidades. Natalie sintió remordimientos por haberse hecho una idea equivocada del pueblo, llevada por los prejuicios de pertenecer a una gran ciudad como era Nueva York.

Natalie dejó de leer la guía del pueblo y entró en la cafetería ambientaba en los 50’s. Un enorme luminoso anunciaba que había llegado a Ronnie’s. Todas las miradas se giraron hacia ella. La joven dio los buenos días y se sentó en una mesa junto a la ventana.

Sacó su cuaderno y comenzó a escribir mientras esperaba a la camarera; ante la atenta mirada del resto de clientes.

¡Buenos días! Mi nombre es Betty interrumpió la camarera. Era una chica de unos quince años bastante delgada. Llevaba el pelo recogido en una alta cola de caballo y resoplaba para evitar que el flequillo se le metiera en los ojos. La joven no dejaba de sonreír, mostrando una hilera imperfecta de dientes.

¿Café y tostadas? sugirió.

Buenos días, Betty. ¿Podría tomar zumo de naranja y tostadas? la joven se giró para consultar con el cocinero que, desde la ventana que unía la zona de la barra y la cocina, prestaba atención a la conversación. Ronnie, que resultaba también ser el dueño, asintió y Betty continuó con el trabajo.

Ahora mismo se lo traigo señorita… guardó silencio a la espera de una presentación.

Davis. Pero puedes llamarme Natalie.

Gracias, señorita Davis la camarera continuó atendiendo las mesas mientras los clientes murmuraban y continuaban ojeando a Natalie.

Natalie se sentía como un pez exótico que es observado a través del cristal.

¿Puedo sentarme con usted? se sobresaltó al oír aquellas palabras que la sacaron de su ensimismamiento. La joven no sabía qué responder Tal vez así consigamos que dejen de tratarla como un animal de feria – Davis sonrió y permitió que le hiciera compañía.

Me llamo Robert Green. Soy el propietario de la tienda de antigüedades.

Mi nombre…

Natalie Davis Añadió Green Lo oí cuando se lo dijo a Betty. Estaba sentado en la barra tomando un poco de café el hombre trataba de explicarse mientras señalaba el sitio en la barra que había abandonado Créame, no son mala gente pero por aquí nunca viene nadie de fuera. No somos una zona turística ni existen buenas comunicaciones por carretera la joven asintió recordando lo que le había costado encontrar a alguien que accediera a acercarla desde la estación de trenes Lo único que sienten es curiosidad; una vez que la hayan satisfecho ni notaran su presencia. ¿Qué le trae por aquí? Green no se andaba por las ramas.

Soy antropóloga. Estoy haciendo un estudio sobre las diferencias entre grandes y pequeños asentamientos. Me pareció significativo comparar Nueva York con un lugar como este.

He visitado Nueva York varias veces, por mi trabajo viajo mucho, y sin duda notará el contraste. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

Aun no lo tengo decidido, depende de muchos factores Betty trajo el desayuno.

Aquí tiene señorita Davis Betty no apartaba su vista de Green, desplegando su peculiar y coqueta sonrisa; sin duda, despertaba su interés. Fue entonces cuando Natalie lo contempló con detenimiento. Rondaría los 40, las primeras canas en su sien lo delataban. Ojos grandes, barbilla prominente, corpulento; era bastante atractivo. Davis se descubrió sonriendo.

¿Quiere algo más señorita Davis? le preguntó la camarera sin dejar de mirar a Green.

No, gracias.

¿Y usted señor Green? pronunció su nombre de manera pausada.

No, preciosa Betty empezó a reír, sonrojándose. Ronnie tuvo que llamarle la atención para que continuara con el trabajo Creo que también es hora que yo continúe con el mío. Espero no haberla incomodado añadió Robert.

No se preocupe. Ha sido agradable distraerme de las miradas.

¡Qué tenga un buen día! dijo mientras se despedía y abandonaba el local. Natalie acabó su desayuno, pagó la cuenta y siguió conociendo el pueblo.

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